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Plano de la ciudad / Banco / Banca electrónica


Rodolfo Ben’tez
r.benitez@bbva.bancomer.com
Gerente de Comunicaci—n Nacional
Grupo Financiero BBVA Bancomer.
Enero, 2003.

Los bancos en MŽxico, formados con capital y accionistas —como los conocemos hoy en d’a—, iniciaron actividades hacia finales del siglo XIX, y su desarrollo se vio interrumpido por el inicio de la Revoluci—n Mexicana a principios del siglo XX.

En el a–o 1900 el método de pagos contaba con bancos s—lo en las principales ciudades del pa’s. El sistema financiero era incipiente y, aún el uso de un servicio bancario, estaba reservado para un grupo muy peque–o de comerciantes y propietarios de haciendas.
DespuŽs de m‡s de 10 a–os de lucha armada (1910-1921) la econom’a mexicana qued— inmersa en una profunda crisis social y econ—mica que se reflej— en un estancamiento de los sectores productivos; esto, aunado a los efectos de la I Guerra Mundial. La depresi—n de la econom’a de los Estados Unidos de América, en 1929, provoc— repercusiones en la vida de MŽxico, que todav’a atravesaba por fuertes turbulencias pol’ticas.

Cuando el ambiente pol’tico y econ—mico apenas logr— estabilizarse, sobrevino la II Guerra Mundial, con sus graves consecuencias y el deterioro de los niveles econ—micos de vida.

La econom’a mexicana empez— a recuperarse a mediados del siglo XX. Con ello empezaron a fortalecerse las empresas. Las instituciones financieras y bancarias tomaron forma nuevamente y se orientaron para convertirse en pilares del desarrollo. Las operaciones bancarias se ofrec’an con un servicio estrictamente personal. La œnica forma de abrir una cuenta de ahorro y de realizar un retiro, implicaba acudir, necesariamente, a la oficina bancaria. Cada sucursal era aut—noma.

Don Carlos Aguilar Villalobos, hombre que ha trabajado en varios bancos mexicanos por casi 50 a–os, asegura que a principios de los años 60, los empleados hac’an cientos de operaciones en forma manual, asimismo, registraban la contabilidad en grandes hojas de papel cuadriculado.

El empleado bancario sumaba diariamente el dinero de las operaciones de las sucursales con grandes aparatos que ejecutaban la tarea al jalar una palanca met‡lica de aproximadamente 20 cent’metros de longitud, que al mover mecanismos internos sumaba cantidades y las transcribía a las hojas de c‡lculo, las cuales se encuadernaban posteriormente.

Las operaciones m‡s comunes en un d’a de la banca, a principios de 1960, eran dep—sitos a cuentas de ahorro. Todos los empleados recib’an su pago en efectivo. El crŽdito era escaso y, œnicamente se otorgaban prŽstamos hipotecarios a determinados segmentos de la naciente clase media, pero entre los bancos existentes no alcanzaban a otorgar mil crŽditos por a–o.

V’ctor Borr‡s Setien, con una trayectoria de m‡s de 25 a–os en la banca mexicana, recuerda que entre 1971 y 1972 los clientes firmaban en peque–as tarjetas de cartulina, que se resguardaban en las sucursales con el prop—sito de comparar el aut—grafo al momento de presentar un cheque para su cobro. En aquellos tiempos, las sucursales manejaban alrededor de 200 cuentas de cheques. Actualmente, cada sucursal en promedio —dependiendo la ciudad y la zona— atiende 2 mil.

A finales de la década de los años 60, MŽxico contemplaba un fuerte crecimiento econ—mico. El llamado milagro mexicano manten’a una econom’a estable, y una inflaci—n baja. Fue entonces cuando los bancos mexicanos dieron los primeros pasos para dejar atr‡s las maquinas de escribir, calculadoras y sumadoras mec‡nicas e iniciaron su desarrollo tecnol—gico con la adquisici—n de las primeras computadoras. Eran equipos que se consideraban sofisticados, porque requer’an condiciones de medio ambiente con determinada temperatura y humedad. Adem‡s, consum’an un alto volumen de energ’a elŽctrica y requer’an un espacio muy amplio para su instalaci—n.

Veamos c—mo los describ’a una publicaci—n bancaria en mayo de 1967: "Para quienes ignoran los fundamentos de la electr—nica, tanto en teor’a como en la pr‡ctica, un impresionante conjunto de m‡quinas que llena una sala entera y que se llama equipo de procesamiento electr—nico de datos, representa un misterio, pertenece casi al reino de la magia; y posiblemente aceptar’amos —no por ingenuidad sino por comodidad mental— una explicaci—n de sus operaciones con base en cientos de miles de duendes invisibles por supuesto, haciendo funcionar al coloso desde sus entra–as".

La empresa Cresap, McCormick & Paget, asesor— a la banca mexicana y fue el Banco de Comercio el primero en contar con equipo denominado 360 modelo 30, entre cuyas virtudes se encontraba la facilidad de imprimir mil l’neas por minuto y generar cintas para archivar informaci—n. Esto representaba el trabajo de 240 personas por espacio de 8 horas.

Las cuentas de cheques se popularizaron en los inicios de la década de los a–os 70, anteriormente la econom’a mexicana giraba, b‡sicamente, en torno al manejo de efectivo. El dinero deb’a moverse por algœn medio y ese lo proporcionaba la banca mexicana, asegura V’ctor Borr‡s Setien, quien ahora es director general adjunto de un importante banco mexicano.

La banca no operaba con un sistema en red. Esto significa que hab’a sucursales en pr‡cticamente todo el pa’s, cada una trabajando de manera independiente, pero al realizar una operaci—n de transferencia, dep—sitos y consulta de saldo, bien pod’an pasar de 4 a 5 d’as y, en ocasiones, hasta m‡s de una semana para obtener el saldo. El cobro de un cheque for‡neo, es decir, de alguna sucursal de un banco ubicado en otro estado de la Repœblica Mexicana era impensable. El sue–o de llevar un cheque a otro estado del pa’s y cobrarlo sin problemas fue posible hasta 1993, gracias a las redes de c—mputo.

En la dŽcada de los años 70, la informaci—n viajaba por medios muy elementales. La tecnolog’a para la transmisi—n de datos se encontraba poco desarrollada. Para enviar dinero se utilizaba el sistema de giro postal, por medio de las oficinas de correo y un sistema de valijas que iban de un lado a otro del pa’s, con grandes paquetes que inclu’an los comprobantes del dep—sito, cheques y estados de cuenta. En ocasiones se usaba el telŽfono, pero resultaba de alto costo.

La fabricaci—n en serie de chequeras empez— en 1971. Al mismo tiempo, en las computadoras de esa Žpoca se inici— el registro en archivos maestros, reemplazando al registro unitario (tablero electr—nico y tarjetas perforadas) cuyo objetivo principal era administrar la informaci—n de clientes. Los archivos maestros se almacenaban fundamentalmente en cintas, no en bases de datos.

La aportaci—n de las computadoras en este punto fue la capacidad de poder manejar grandes volœmenes de informaci—n, inviables de realizarse en forma manual.

Hasta mediados de la década de los años 80, los empleados de los bancos verificaban la firma de los cheques con microfichas, que sustituyeron a la cartulinas. Se trataba de una diapositiva que se colocaba sobre un proyector con una peque–a pantalla que permit’a confirmar la autenticidad del aut—grafo. Esta pr‡ctica desapareci— paulatinamente a partir de 1988, cuando se inici— el uso de un mŽtodo m‡s efectivo y sofisticado, con base en claves electr—nicas que daban acceso a la firma registrada en una gran base de datos computarizada en l’nea para todas las sucursales.

Para dar avisos desde lugares lejanos, y desde el extranjero, se aprovecharon las l’neas de telefax, que eran enormes aparatos —similares a una m‡quina de escribir— que mediante una l’nea telef—nica lograban transmitir mensajes que se gravaban en cintas.

Las cintas del telefax pod’an ser impresas en otra m‡quina que permit’a leer el mensaje en papel. De cualquier forma, por muy r‡pido que fuese, un mensaje pod’a tardar hasta medio d’a en llegar a su destino.

 

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