OK, estás
en la calle y tienes que hacer esa llamada telefónica urgente. Todo parece
ser muy fácil: localizas un teléfono público, sacas de tu
bolsillo una tarjeta telefónica, la introduces en él, marcas y listo.
Lo que en realidad sucede es que pones a trabajar y a comunicarse entre sí
a un buen número de microchips: el que lleva el registro de tu dinero en
la tarjeta, el que procesa el número telefónico al que marcas y
que va descontando el dinero de tu tarjeta, el de la central telefónica
que enruta tu llamada y, finalmente, el del teléfono de la persona a la
que estás llamando.
Sin darte cuenta, consultas tu reloj para ver si llegarás
a tiempo al supermercado; en 10 minutos estás ante sus puertas, pero no
es solamente una tienda de autoservicio, es también una jungla de informática.
Tomas la caja de cereal y, ¿qué ves en ella?,¡ Exacto!, el código
de barras (que es algo así como el alfabeto que pueden leer las computadoras)
que sirve para que cuando vayas a pagar la caja registradora sepa cuál
es el precio correcto. Esta no es más que una computadora, la herramienta
informática por excelencia, que se distingue de las que hay en la oficina
o el hogar porque corre un programa especial para supermercados y controla un
cajón en el que se guarda el dinero.
Hora de pagar el cereal. De
nuevo metes la mano al bolsillo y sacas tu tarjeta de crédito, un certificado
informático entre tu banco y tú que te permite efectuar pagos. En
la parte de atrás tiene una banda magnética en la que se almacenan
tus datos de identificación, misma que la cajera pasa por un lector que
los lleva hasta tu institución de crédito por medio de telecomunicaciones,
en donde el pago es aprobado. ¿Sorprendido?, pues con la aprobación
de tu compra apenas empieza el proceso informático: esa caja de cereal
que te compraste se reporta en el inventario de la tienda como artículo
vendido que necesita ser repuesto, y es marcado en la base de órdenes de
compras al distribuidor y, más adelante es enviada por medios electrónicos
a éste para que surta otra caja de cereal.
¡Ah!, por cierto,
llegaste a tiempo al supermercado gracias a que tu reloj de pulsera también
contiene informática o, en otras palabras, algunos cientos de circuitos
impresos en un chip que hacen sonar la alarma a la hora que indicas, ponen en
marcha el cronómetro o, simplemente, llevan la contabilidad de los pulsos
de tu vida cotidiana.
En tu reloj, en las tarjetas telefónicas y
las de crédito, en los códigos de barras y en las modernas cajas
registradoras de las tiendas de autoservicio, en todos está presente, de
manera silenciosa, la informática.